Mi bien más preciado:
el metro setenta que ocupo, mis células, mis manos,
ideas
absurdas, casas de barro y palillos.
Si me pides venderlo, sacrificarlo
como el perro viejo que no caza,
te digo sin dudarlo:
ese ajuste me señala
dónde no gastar más tiempo.
No soy tu sofá donde colocas los pies cansados,
ni me voy a matar para que tú puedas
pensar más alto.