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Para regalo

Yo quería ganar,
con todas mis fuerzas ganar y estar
la primera en cada carrera, en todo proceso,
ganar y sentir que por fin este mundo me daba
lo justo, lo mío, lo que era mi premio
por haber nacido, por haber pasado la prueba y el duelo.

Yo quería ganar
y no era fácil. Siempre
había alguien más listo, más guapo, menos quejica, más fuerte.

Como era imposible estar lista
para todo concurso y examen
me dije a mí misma que el triunfo
era una cosa de miserables,
de débiles que querían tener razón ante todo.

Y me puse a perder,
con todas mis fuerzas perder.
Decir no a las oportunidades. Saber
que no podría salvarme nadie
y enterrar vivo al héroe que se atreviera a acercarse.

Y quería ganar y quería perder.
Y quería ganar, pero que no se notara.
Y quería perder para ver si ganaba.
Y quería dejar de sentir esa austera mirada
que sabía que no era valiente
tirar por la borda una vida no buena,
pero vida, acabada y envuelta para regalo.

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Y contarnos

Podríamos ser siervos, perros fieles,
esclavos de los pensamientos,
tirar todos los bienes
persiguiendo sacrificios imposibles
que restan semillas y añaden ciénaga.

Podríamos mirarnos desde alturas bien distintas,
tener miedo del castigo por las faltas,
fregar el suelo ajeno con nuestras lágrimas.

Podríamos no esperar
absolutamente nada por el peor trabajo
y ser alfombra bajo los pies que más amamos.

O podríamos ser iguales y contarnos
si el mundo nos acuna o nos aplasta.

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Cosecha

Allí estaba.
La semilla que cayó lejos
y tardó en encontrar su cobijo y su alimento.

Allí estaba.
Tan cerca que se podía tocar,
que escuchaba su respiración aunque no lo veía.

Allí estaba.
Esperaba su hora atento,
sin palabras, sin saber
que algún día llegaría el día.

Allí estaba.
Soñando en alto, comprendiendo
que aunque nunca fuera la hora,
el trabajo estaba hecho
y crecía lo sembrado.

Y yo solo quería saber
si tenía hambre, si tenía frío.
Solo quería saber que no lo había destrozado
el rincón delicado e inconstante
donde guardo los regalos más preciados,
donde escondo pensamientos peligrosos.

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Os contaré una historia

Adicta a contar historias,
a describir el lugar de los hechos,
a vuestra risa con mis palabras.

Adicta al aplauso regocijado:
os he regalado un momento
de despeje y buena sombra. Os recalo
en un suceso cotidiano y con sentido
lejos de esta objetividad
que tiene plomo y malas intenciones.

Adicta a que me hagáis el favor de ayudaros,
distraeros
con los mil relatos de Sherezade
y que no tengáis que preguntar
si es mentira lo que estáis creyendo,
si el juicio caerá sobre vosotros
con estrépito o con ira.

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Las cosas de siempre

No sé si eran vencejos, urracas, golondrinas,

pero piaban, chillaban, cantaban.

Y hacía frío, cuello metido.
Y un anciano los señala con sabiduría gerontológica.
Y sigo bajando la calle naranja.
Y el sol sigue robando un minuto y se nos muestra.
Y juegan los pájaros todavía.
Y hacía frío pero nos apostamos la bufanda.
Y todo podía quedarse quieto, no un instante, toda la vida quieta.
Y era un pisapapeles sin adornos, solo vida.
Y se podría romper si alguien se moviera.
Y todo se movía con unos pasos aprendidos, el niño, el anciano, el pájaro.
Y sigo bajando la calle y formo parte de ello.
Y recuerdo mi papel en este juego.
No sé si eran vencejos, urracas, golondrinas,
y aunque continuamente había estado atenta
tuve que exclamar una vez más sorprendida
“¡ahí va! ¡pero si es primavera!”
Inmediatamente, pensé en ti
y vi las cosas de siempre
como si fueran nuevas.

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Una persona


Hay una persona
que me camina por encima,
me sobresalta,
me sobrestima,
me salta los plomos con alicates verbales,
me baja la guardia,
me fascina.
Esta persona ni es grande, ni es pequeña,
ni es joven, ni es vieja,
pertenece al mundo atemporal de la alegría perenne,
de la punta de lágrima en ballesta.
Me quiere, sin más, me quiere como soy,
me quiere por ser yo,
y me quiere como aman las madres a los hijos,
y la quiero como no siempre aman los hijos a las madres.
Hay una persona,
todavía me parece milagro,
que me sigue a donde voy,
que se admira con lo que hago,
que me busca, que me busca,
y que, intento prometerlo, prometo intentarlo,
me encontrará esperando.

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Encontré

Lo que siempre quise hacer quizá no era
construir barcos y meterlos en botellas
o escribir en las paredes grafitis ingeniosos
y por eso iba buscando acción en esos actos
válidos y curiosos, pero muy ajenos.

Llegar al punto de no reconocerme y gustarme,
llegar al punto de temer haber cambiado a mejor,
temer, como siempre, como todos, haberlo tenido,
tenerlo hasta cuándo.

Lo que siempre quise hacer era ordenarme
en este sacerdocio delicado,
actividad plena de sentido
donde una cara no es igual a otra
y ya da igual qué palabras elijas
mientras acaricies la cabeza adecuada
con algo de fuerza y seda entretejidas.

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Las calles todavía

Las calles todavía,
aunque se empeñaron en borrarlas,

conservan aún las huellas
de su estado más mítico.
Los hombres todavía,
aunque se empeñaron en borrarla,
usan su intuición persiguiendo esas huellas.
Subidos a promontorios,

lo que el urbanismo llamó miradores,
dominan la parte alta de la ciudad.
Y a las siete de la tarde
ocurre el milagro del conocimiento.
Los hombres olfatean el aire rosado
y lo calibran
y saben con su íntima sapiencia
que llega la primavera
independientemente del mes que sea:
dentro
es algo más antiguo que el ángulo solar.
Los hombres llevan grabado en su esqueleto
el recuerdo de las calles que buscaron
y agradecen la caricia de la tierra
que los llama a cada uno
por su nombre verdadero.

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Cerré los ojos

Cerré los ojos mirando a la derecha
para que todo se presentara allí delante.
Hacía demasiado que olvidaba
la sensación de infancia tranquila
el único minuto de alegría en esa época.
Y siempre la calle en cuesta
con las luces rojas de los coches en invierno
y olor a calefacción dentro
y cristales empañados,
sensación de ir a ver a los Reyes Magos,
dulzura, solo ese instante perdido en mi vida
que por corta que sea
inundará ese momento.
Prometemos tardes sabiendo que no volverán,
que nunca, que nunca
podrás volver a sentir la vergüenza de tu verdad en la cara,
la humillación de tu palabra pisoteada en la tierra,
el desamparo de las pinturas rotas,
el abandono de cualquier escuela.
Y eso, irónicamente, te da pena.
Tiempo perdido
que ahora llega a tu mente metida en un coche en la calle Alcalá,
cristales empañados, luces rojas,
corazón puesto en el 5 de enero.
No acordarse de esto
no es más que otra forma de acordarse.

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Un poco vida

Aprendí un poco a golpes
y con alguna palabra alentadora
que puedo llamarme como quiera y que si quiero
puedo pedir un baile en cualquier lugar
que no sea demasiado estrecho.

Esa soy yo. A la que hace feliz
que haya comida en el plato
o pasar hambre escuchando.

Aquí me veis, apoyando de los pies
solo las punteras,
acelerando hasta la risa más completa.

Que a veces no respiro y cruzo brazos
y me aturdo cuando fallo porque olvido
que yo también estoy hecha de errores,
esos que perdono a los viandantes
y a algún motorista despistado.

Así que espero con esto
responder tal vez a tu pregunta:
son por estas cosas
que hacen mi vida un poco vida
que me despeino tanto
cuando estoy en compañía.

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Matemáticas

Todo está hecho de matemáticas.
Como las personas condenadas a encontrarse,
se miran y calibran
reteniendo los segundos necesarios
para que no sobre ninguno en esta tierra.

Y hay personas destinadas a encontrarse.
Se tienen que buscar a ciegas,
tanteando con los dedos,
pidiendo silencio alrededor
para calcular distancia exacta
entre dos escondites de donde no van a salir.

Pero todas las cosas saben de matemáticas.
Hasta la palabra que pronuncias sin miedo
esperando que te mate o te reviva.

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Si has estado en Grecia

Si has estado en Grecia y has visto
el sol que Apolo regala o escatima
y has sentido la pesadumbre
de un pueblo aburrido que espera a las turistas.
Si estuviste y viste
cosas que ya eran y ya estaban
antes de los anteproyectos de todo
y te sentaste en los propileos de la bella Acrópolis
porque no podías soportar de pie tanto y tanto,
y buscaste vino de resina
y viste las esponjas colgando
y regateaste por una pulsera de plata
intuyendo que aún pagabas demasiado
(y eso que no sabías que la perderías pronto)
y hubieras abierto tus venas en el templo de Poseidón
porque habías sentido suficiente como para morir en ese momento
y haber merecido todo la pena,
entonces me entenderás si te digo
que cuando vayas a París
no vayas solo.

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Las personas importantes


Son importantes las personas importantes
porque son susceptibles de que las perdamos.
Y una vez que pasa esto
solo la calle de noche
con una acera que sube y otra que baja.
Y sucede también, de vez en cuando,
que me canso de ser fuerte y atlántica
y de odiar a todos vuestros enemigos
siguiendo todas las leyes que se esperan.
¿Dónde tengo yo mi guardia pretoriana?
Al final, en los cuadrados más pequeños
moriremos como vivimos, tan honestamente:
de pie, sin ser vistos, silbando esa canción que nos gustaba,
fingiendo que no duele saber lo que se sabe.

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Una pregunta

No era un mundo real, era una isla, el oasis
que crees ver entre la sed y el ardor.

La cascada de palabras de mi boca hasta el oído
no sucedía en el plano ni en la esfera,
sino en un limbo al que se entraba
por una puerta con contraseña.

Sin cansancio,
sin polvo,
sin materia.
Cuarta dimensión donde yo me veo a mí,
yo que escucho, yo que acojo,
a mi imagen,
sin réplica o reproche.

Una cámara creada para proteger
todo lo que no puedo admitir,
todo lo que no dice nunca adiós.

Y entonces, con esta nada abrazada a mi cintura
me pregunto
¿pero qué clase de quimera
estoy persiguiendo hacia ninguna parte?

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Solo estuve esperando

Solo estuve esperando
a que pasasen tus manos. Esas huellas.
Solo estuve esperando,
con calma, no creas,
a que cambiara el tiempo
y se parara de espaldas a ti el viento velético.
Solo estuve esperando
a que las cosas dejaran de tener tu significado
y que ya no pudieran surgir de la nada a través de tus ojos.
Solo estuve esperando
con las manos cruzadas en el regazo
o tejiendo sintagmas o telas de araña
a que tu materia saliera de mis poros y respiraran.
Solo estuve esperando
el mejor momento
para cortarme los pies y no seguirte.
Solo estuve esperando,
tranquilamente y sonriendo,
a dejar de esperarte, pesca sin muerte.

Solo estuve esperando a que terminara
la impresión
de haberte conocido.

Y tras la espera,
la tela y las manos,
la pesca y el viento,
seguirte y la trampa
dijeron que era suficiente
y que levantaban la barrera
para que no dejara escapar
la impresión
de haberte conocido.

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Las mañanas

Empiezan las mañanas
con una ilusión sin nombre,
una energía azul eléctrico que tira de mí,
tabula rasa que anula
los descuidos de ayer noche.

Empiezan las mañanas y se acaban
porque llega el mediodía aún dorado,
sigue habiendo oportunidades
de que llegue eso que aguardo
entre el poso del té de la comida
y un postre que todavía no es amargo.

Pasan sobre el alfeizar algunos pájaros muertos de hambre,
pero no tengo prisa, yo soporto un poco más
que un cuerpecito emplumado.

Y así, sin darme cuenta,
llego a una oscura noche, al fin del día.
Barriendo los despojos de lo que tuvo que haber pasado
desconecto esta máquina esperando la mañana
que inicia una ilusión sin nombre
y una corriente un poco más débil.

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Todo quedó escrito

Allí donde la hora última se presente
y diga que nunca viviste de ese modo,
que omitas que tuviste aquel impulso
asomando al trampolín de las decisiones.

Allí donde te quedes contemplando las sentencias,
pensando en la batalla ya perdida,
en todo lo que ni siquiera combatiste,
en lo mucho que a tu espalda ha quedado.

Allí, yo propongo este relato
que sirva de testigo a lo que fuiste,
pasar mi índice por el renglón leído
y que puedas guardar muy bien doblado
el papel en el que todo quedó escrito.

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Cambiar de molde

Tendrías que conocer
cuál es mi chocolatina preferida,
por qué vivo donde vivo, por qué hago lo que hago.
Tendrías que saber si miento y cómo miento,
cómo desenmarañarme para entenderme,
cómo puedo convencerte de lo increíble si quiero
y cómo no dejarte.
Tendrías que descubrir mis canciones favoritas,
mis momentos más terribles,
todo lo que soñé y se hizo realidad,
todo lo que temo que exista algún día.
Tendrías que comprender
las frases que ni yo entiendo,
que Dios creó la ironía y vio que era buena,
que sorprenderme es la única manera de darme oxígeno.
Y así, cuando lo tengas todo listo,
en esta vida mejor que en la otra,
te hago espacio aquí a mi lado,
y te enseño que yo también puedo romperme,
que conozco más palabras de las que en realidad uso
y que está bien ser el ratón que se esconde en la hierba
sin rezar para que no le coman.

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Enero

Sucedió como siempre sucedía.
Se encendía una vela en medio del agujero negro
y atrapaba cuanta energía caía dentro.
Y al consumirse toda, el miedo y la verdad
trazaban líneas sin rescate.

Pasé ese enero explicando
que habría que revisar todos los planos:
los errores de cálculo traerían
accidentes más pronto que tarde.
Y afirmé que si la culpa era una casa,
yo alquilaría todas las habitaciones.

Y es que no siempre en primavera
aparece en cada árbol nuevo brote.
Hay momentos de la vida en que es enero
en cada corazón al mismo tiempo.

Sucedió como siempre sucedía,
un invierno y un invierno atravesados.
Hasta que cambian los paisajes y los nombres,
también los años entienden los atajos.

No hubo anuncios ni señales, los pronósticos
seguían dando nieve cada noche.
Pero no siempre la misma historia
tiene ya cerrados los finales.
Y ahora ando preparada para todo,
hasta para el hueco que amenaza con quedarse
cuando echo terriblemente de menos
eso que se vuelve insípido y desechable
si lo hago mío y lo atrapo
pidiéndole protección y abrigo.

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Lo habitable

Yo tuve un mes infalible
en el que pude contestar mirando cara a cara.
Y si me embestían, me reía
porque sabía que era más fuerte
que unas palabras temerosas, pero no temibles.

Yo supe deshacer el lío de los cables
y llamar uno por uno a los que se oponían
y explicarles, bien con cartas, bien con señas,
hasta dónde iba a dejarles.

Construí una llave que no funcionaba
y para nada me servía, pues no importaba
que nadie entrara, que nadie se llevara
mi mano abierta al mundo.

Pude conmigo, con todos los lastres
y conseguí el más difícil todavía
en este espectáculo que tramo:
negociar los zarpazos del recuerdo
decantando solamente lo habitable.