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Luces, sombras y líquido de frenos

Hice mal la elección cuando tocó hacerla.
Hice un malísimo cálculo de lo que me esperaba y decidí
que la entrega a la nada
merecería la pena.

Al tiempo me doy cuenta de lo poco que rentó aquel pago
a base un sangrado de palabras no escuchadas.

¿Y es que acaso no sabías?
¿Tanto tardaste en ver
quién era el bueno, quién el feo y quién el malo de la historia?
¿O es que preferiste las manos semiabiertas a las cerradas por abrir?

Que al final no sirve acordarse y decirse improperios
sobre todo si cada dos tardes
recuperas el tiempo perdido
perdiéndote tú entre lugares sagrados y cuentos,
mirándote a los ojos, reconociéndote en otros,
siendo, no digo amado, pero sí apreciado.

Y así los cabezazos que te darías contra la pared
se convierten en risas en esa pequeña esquina
donde se habla de cosas inútiles y bellas,
inútiles como dar tiempo a quien no te lo dará
y bellas como entregar misterios a quien querrá descifrarlos.

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