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La foto

Como una foto que requiere su cuarto oscuro,
un tiempo de espera en su amniosis,
su sueño espeso.
Como una foto que aún no existe, pero se intuye y se revela
aun antes de ser foto, ves su imagen
sin saber si el cuadro fue el correcto, si su enfoque
va a dar por resultado lo que esperas.
Como una foto que has cuidado y que procesas
y que podrías perder de mil maneras
(por el agua, por la luz del mediodía,
por el polvo, por las prisas),
así la vida te regala esta rareza,
esta foto que es perfecta,
esta foto que ya es tuya para siempre.

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Astros

Descansa donde puedas tenderte
con la anchura de un cielo
que ocupa tu mundo y el mío.

Apacigua ese corazón nunca intacto
que no ha vivido aún nada, que no frena suficiente.

Quiero apagar la noche entendiendo
que todo será igual, así, mañana.
Quiero confiar aunque no vea.
Quiero que nunca más nada te engañe.

Asistirte, reconocerte,
que tu pregunta esté siempre de mi parte
como de tu lado asiento a oscuras,
aun tan solo siendo sombras, pero intuyendo
que no te estaría mintiendo
si te digo que no acabará nunca este día.

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Plan B

Estemos juntos en el próximo plan B
para reír la duda, para cambiar las reglas.
Quisiera estar pendiente de la piedra que pisaras
y pensar en apartarla o dejarte tropezar
para ayudarte a sonreír allí caído
desde un suelo siempre duele.

Pongamos la paz
por encima de los sueños.
Acerca este verano por fin con sombra,
el que he necesitado para llegar
a tu pequeña aldea.

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Llevo la noche conmigo

Si llevo la noche conmigo,
si arrastro una vieja costumbre,
si temo que se alce un imperio
si cierro los ojos despacio.

Si cuento el minuto al detalle
y quito detalles y apuro
la frase incorrecta, la mala
mentira que no titubea.

Si callo lo que gritaría
sonriendo hacia una promesa,
que late, que viene a cumplirse, que dudo
que pueda romperse.

Si puede que muera mañana,
si puede que caiga esta tarde,
qué silencio muerde, qué condena,
qué mundo es este en el que pasa otro día
sin que estés entre mis brazos.

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Un gran nombre

Has sido llamado
a crearte un gran nombre.
Te animan, tú puedes. Pero el caso
es que nadie puede con todo
lo que se supone que uno debe.

Estás intentando explicar
que ya ha pasado el límite necesario,
que hay que rendirse, decir adiós.
Pero tú puedes. Tú puedes. Tú puedes.

Porque eres listo y fuerte y buen hijo
y los demás necesitan que puedas
más que tú mismo.

Han venido a escuchar sus querencias
puestas en tu cuerpo que aguanta.
Han venido a decirte que te conocen
aunque no sepan de ti ni siquiera
que un día más así
acabará contigo.

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Irreverentes

Valoro la mirada observadora
que no se pierde nada
y, además, analiza
sin quedarse en una superficie
de ondas en movimiento,
sino que, con mala educación,
se cuela en tu casa a robarte algo
y lo que te quita te lo da multiplicado.
Valoro la mano tímida, pero valiente
que pasa por tu espalda pidiendo y regalando
sin conformarse con menos de lo que merece.
Y cambiar la piel y reinventarse
no es tan fácil, ni tan difícil.
Los juicios seguirán, fue así desde el principio,
pero nosotros nacimos
para ser irreverentes.

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Hoy no es mi cumpleaños

Si hoy fuera mi cumpleaños me gustaría
que no me diera vergüenza bailar y bailaría
y no sería el centro, no, qué dices,
pero algo en los demás despertaría
y un algo inesperado se acurruca
y no saben lo que es, pero les llena,
es una esfera que les crece y les derrumba
todo lo que aún no se ha podido
y allí estoy yo, no en mi día,
sin que nadie me vea, pero irradio.

Si hoy fuera mi cumpleaños me gustaría
que nadie me reconociera por la calle,
no es preciso,
pero que alguien recordara mis palabras y dijera
que no están mal y que tal vez
un poso quede ahí, futura hoguera,
algo que sea brecha, resorte, trama.

Si hoy fuera mi cumpleaños me gustaría
ir a algunos sitios, de pasada,
escuchar música, explicarla,
cruzar mis piernas,
que se vean mis rodillas y no tiemblen,
perder el miedo a coger aquella mano,
estar contigo, sobre todo, estar contigo.

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Luces, sombras y líquido de frenos

Hice mal la elección cuando tocó hacerla.
Hice un malísimo cálculo de lo que me esperaba y decidí
que la entrega a la nada
merecería la pena.

Al tiempo me doy cuenta de lo poco que rentó aquel pago
a base un sangrado de palabras no escuchadas.

¿Y es que acaso no sabías?
¿Tanto tardaste en ver
quién era el bueno, quién el feo y quién el malo de la historia?
¿O es que preferiste las manos semiabiertas a las cerradas por abrir?

Que al final no sirve acordarse y decirse improperios
sobre todo si cada dos tardes
recuperas el tiempo perdido
perdiéndote tú entre lugares sagrados y cuentos,
mirándote a los ojos, reconociéndote en otros,
siendo, no digo amado, pero sí apreciado.

Y así los cabezazos que te darías contra la pared
se convierten en risas en esa pequeña esquina
donde se habla de cosas inútiles y bellas,
inútiles como dar tiempo a quien no te lo dará
y bellas como entregar misterios a quien querrá descifrarlos.

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Eso mío

Aquellos días no tan lejanos
en que mirando a la ventana yo sabía
que había otros países y otras tierras
donde ser yo no era un peligro
por ser sencillamente quien yo era.

Aquellos días en que un hemisferio atendía
y el otro volaba
pensando dónde estaría el hermano o la causa
en la que invertir toda esa energía
que yo sabía que sí se estaba perdiendo,
nunca transformando.

Esos días del viaje inacabable
hasta las listas de los otros,
a un ecosistema que no estaba en equilibrio.

Los días, los muchos días
que pude imaginar que lo era todo
y que podía si yo quería no ser ya nadie.

Un día antes de nacer, de ponerme nombre,
de estar junto a mi sombra por si caigo,
de educar a mi revuelo y darme casa,
de ser eso que eres, eso mío,
de ser la ayuda cierta
que tú y yo necesitábamos.

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Para regalo

Yo quería ganar,
con todas mis fuerzas ganar y estar
la primera en cada carrera, en todo proceso,
ganar y sentir que por fin este mundo me daba
lo justo, lo mío, lo que era mi premio
por haber nacido, por haber pasado la prueba y el duelo.

Yo quería ganar
y no era fácil. Siempre
había alguien más listo, más guapo, menos quejica, más fuerte.

Como era imposible estar lista
para todo concurso y examen
me dije a mí misma que el triunfo
era una cosa de miserables,
de débiles que querían tener razón ante todo.

Y me puse a perder,
con todas mis fuerzas perder.
Decir no a las oportunidades. Saber
que no podría salvarme nadie
y enterrar vivo al héroe que se atreviera a acercarse.

Y quería ganar y quería perder.
Y quería ganar, pero que no se notara.
Y quería perder para ver si ganaba.
Y quería dejar de sentir esa austera mirada
que sabía que no era valiente
tirar por la borda una vida no buena,
pero vida, acabada y envuelta para regalo.

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Y contarnos

Podríamos ser siervos, perros fieles,
esclavos de los pensamientos,
tirar todos los bienes
persiguiendo sacrificios imposibles
que restan semillas y añaden ciénaga.

Podríamos mirarnos desde alturas bien distintas,
tener miedo del castigo por las faltas,
fregar el suelo ajeno con nuestras lágrimas.

Podríamos no esperar
absolutamente nada por el peor trabajo
y ser alfombra bajo los pies que más amamos.

O podríamos ser iguales y contarnos
si el mundo nos acuna o nos aplasta.

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Cosecha

Allí estaba.
La semilla que cayó lejos
y tardó en encontrar su cobijo y su alimento.

Allí estaba.
Tan cerca que se podía tocar,
que escuchaba su respiración aunque no lo veía.

Allí estaba.
Esperaba su hora atento,
sin palabras, sin saber
que algún día llegaría el día.

Allí estaba.
Soñando en alto, comprendiendo
que aunque nunca fuera la hora,
el trabajo estaba hecho
y crecía lo sembrado.

Y yo solo quería saber
si tenía hambre, si tenía frío.
Solo quería saber que no lo había destrozado
el rincón delicado e inconstante
donde guardo los regalos más preciados,
donde escondo pensamientos peligrosos.

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Os contaré una historia

Adicta a contar historias,
a describir el lugar de los hechos,
a vuestra risa con mis palabras.

Adicta al aplauso regocijado:
os he regalado un momento
de despeje y buena sombra. Os recalo
en un suceso cotidiano y con sentido
lejos de esta objetividad
que tiene plomo y malas intenciones.

Adicta a que me hagáis el favor de ayudaros,
distraeros
con los mil relatos de Sherezade
y que no tengáis que preguntar
si es mentira lo que estáis creyendo,
si el juicio caerá sobre vosotros
con estrépito o con ira.

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Las cosas de siempre

No sé si eran vencejos, urracas, golondrinas,

pero piaban, chillaban, cantaban.

Y hacía frío, cuello metido.
Y un anciano los señala con sabiduría gerontológica.
Y sigo bajando la calle naranja.
Y el sol sigue robando un minuto y se nos muestra.
Y juegan los pájaros todavía.
Y hacía frío pero nos apostamos la bufanda.
Y todo podía quedarse quieto, no un instante, toda la vida quieta.
Y era un pisapapeles sin adornos, solo vida.
Y se podría romper si alguien se moviera.
Y todo se movía con unos pasos aprendidos, el niño, el anciano, el pájaro.
Y sigo bajando la calle y formo parte de ello.
Y recuerdo mi papel en este juego.
No sé si eran vencejos, urracas, golondrinas,
y aunque continuamente había estado atenta
tuve que exclamar una vez más sorprendida
“¡ahí va! ¡pero si es primavera!”
Inmediatamente, pensé en ti
y vi las cosas de siempre
como si fueran nuevas.

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Una persona


Hay una persona
que me camina por encima,
me sobresalta,
me sobrestima,
me salta los plomos con alicates verbales,
me baja la guardia,
me fascina.
Esta persona ni es grande, ni es pequeña,
ni es joven, ni es vieja,
pertenece al mundo atemporal de la alegría perenne,
de la punta de lágrima en ballesta.
Me quiere, sin más, me quiere como soy,
me quiere por ser yo,
y me quiere como aman las madres a los hijos,
y la quiero como no siempre aman los hijos a las madres.
Hay una persona,
todavía me parece milagro,
que me sigue a donde voy,
que se admira con lo que hago,
que me busca, que me busca,
y que, intento prometerlo, prometo intentarlo,
me encontrará esperando.

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Encontré

Lo que siempre quise hacer quizá no era
construir barcos y meterlos en botellas
o escribir en las paredes grafitis ingeniosos
y por eso iba buscando acción en esos actos
válidos y curiosos, pero muy ajenos.

Llegar al punto de no reconocerme y gustarme,
llegar al punto de temer haber cambiado a mejor,
temer, como siempre, como todos, haberlo tenido,
tenerlo hasta cuándo.

Lo que siempre quise hacer era ordenarme
en este sacerdocio delicado,
actividad plena de sentido
donde una cara no es igual a otra
y ya da igual qué palabras elijas
mientras acaricies la cabeza adecuada
con algo de fuerza y seda entretejidas.

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Las calles todavía

Las calles todavía,
aunque se empeñaron en borrarlas,

conservan aún las huellas
de su estado más mítico.
Los hombres todavía,
aunque se empeñaron en borrarla,
usan su intuición persiguiendo esas huellas.
Subidos a promontorios,

lo que el urbanismo llamó miradores,
dominan la parte alta de la ciudad.
Y a las siete de la tarde
ocurre el milagro del conocimiento.
Los hombres olfatean el aire rosado
y lo calibran
y saben con su íntima sapiencia
que llega la primavera
independientemente del mes que sea:
dentro
es algo más antiguo que el ángulo solar.
Los hombres llevan grabado en su esqueleto
el recuerdo de las calles que buscaron
y agradecen la caricia de la tierra
que los llama a cada uno
por su nombre verdadero.

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Cerré los ojos

Cerré los ojos mirando a la derecha
para que todo se presentara allí delante.
Hacía demasiado que olvidaba
la sensación de infancia tranquila
el único minuto de alegría en esa época.
Y siempre la calle en cuesta
con las luces rojas de los coches en invierno
y olor a calefacción dentro
y cristales empañados,
sensación de ir a ver a los Reyes Magos,
dulzura, solo ese instante perdido en mi vida
que por corta que sea
inundará ese momento.
Prometemos tardes sabiendo que no volverán,
que nunca, que nunca
podrás volver a sentir la vergüenza de tu verdad en la cara,
la humillación de tu palabra pisoteada en la tierra,
el desamparo de las pinturas rotas,
el abandono de cualquier escuela.
Y eso, irónicamente, te da pena.
Tiempo perdido
que ahora llega a tu mente metida en un coche en la calle Alcalá,
cristales empañados, luces rojas,
corazón puesto en el 5 de enero.
No acordarse de esto
no es más que otra forma de acordarse.

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Un poco vida

Aprendí un poco a golpes
y con alguna palabra alentadora
que puedo llamarme como quiera y que si quiero
puedo pedir un baile en cualquier lugar
que no sea demasiado estrecho.

Esa soy yo. A la que hace feliz
que haya comida en el plato
o pasar hambre escuchando.

Aquí me veis, apoyando de los pies
solo las punteras,
acelerando hasta la risa más completa.

Que a veces no respiro y cruzo brazos
y me aturdo cuando fallo porque olvido
que yo también estoy hecha de errores,
esos que perdono a los viandantes
y a algún motorista despistado.

Así que espero con esto
responder tal vez a tu pregunta:
son por estas cosas
que hacen mi vida un poco vida
que me despeino tanto
cuando estoy en compañía.